La historia de Verbena es casi tan fascinante como su cocina. Porque si hay algo que define a este restaurante es la resistencia. Verbena ha muerto dos veces antes de nacer. Primero fue en San Isidro, en un espacio descomunal que la pandemia no dejó abrir. Luego en Surco, en una casona espléndida donde los vecinos y el alcalde (enemigos inesperados de la buena mesa) hicieron todo lo posible para que no continúe.
Pero Verbena, como los buenos personajes de la ficción: se transforma.

Hoy ocupa un lugar más pequeño y mucho más íntimo, diseñado al milímetro por Ricardo Goachet, su autor y testigo. Hay neones, obras que parecen curadas con el mismo cariño que su menú dentro de un espacio con una cocina abierta sin jerarquías. Diez veces más pequeño, pero diez veces más Richi.


